Expediente Alpha (Texto A)
El chasquido no suena en el hueso, sino en la saliva espesa que cuelga del labio cuando el techo deja de ser techo y se vuelve un párpado muerto. Ahí ocurre. No hay un gran grito, solo el silencio de la carne dándose cuenta de que está podrida por dentro. La lucidez es este frío en las encías, la certeza de que el hombre que te mira en el azogue es un cadáver que parpadea a destiempo. He visto cómo se rompe el hilo. Es como tragarse un puñado de moscas vivas y sentir que ellas son las que respiran por ti. El terror a estar vivo se mastica despacio, en el rincón donde la orina y la sombra se abrazan. Mi cráneo es una caja vacía donde tropiezan palabras que ya no significan nada. Escombros de una risa ajena. La razón se escurre, se vuelve agua sucia en el sumidero de la nuca, y entonces comprendes la broma infinita: existir era esto. Un charco de baba sobre la baldosa. Un ojo abierto en la oscuridad esperando que la nada tenga la decencia de masticarte de una puta vez. Nadie vuelve de esta ceguera luminosa. Jamás.